HÉROES ANÓNIMOS. La COVID-19 hiriendo al personal de salud.

He tomado este cuento escrito por mi esposa, porque considero que es bueno que aquellos que no creen en la realidad dramática y dolorosa de la COVID-19, se detengan un momentito a pensar en lo que implica en cuanto a riesgos presentes y futuros, el mayor de ellos la muerte.

¡Cuánto tiempo sin venir al Intensivo de Adultos, la última vez fue hace 3 años y todo sigue igual!

Mientras me iba colocando lentamente el primer par de guantes, la bata y las gafas, pensaba que los médicos están infravalorados.
¿Acaso las personas no se dan cuenta que el personal médico está muriendo por tratar a los infectados de COVID? ¿Sabrán ellos que hemos tenido que alterar el orden de los turnos, nuestras rutinas e incluso que, algunos que tienen familiares con riesgo viven en la Casa Ronald McDonald para no contagiar a sus seres queridos?  ¡Esto es una locura! Si sobrevivo tendré que contarles a mis nietos que a mucha honra soy veterana de una guerra biológica contra un virus implacable que afectó a todo el mundo.  El Dr. Aguilar es el colega conocido # 6 que se ha infectado, cuatro de ellos cayeron en batalla y el que sobrevivió aún arrastra las secuelas de la enfermedad: pesadillas nocturnas, cansancio, ataques de tos e imposibilidad de realizar esfuerzos físicos.  ¡Por fin! el segundo par de guantes, me aseguro de atrapar con ellos el puño de la bata y entro…

 Lo veo, cama # 8, crucificado con tubos y mangueras, el movimiento acompasado de su pecho se acompaña de la melodía del ventilador mecánico pfffffff-T, pfffffff-T.  Mis ojos se llenan de lágrimas, intento repelerlas, pero es inútil, no puedo evitarlo y se hace un nudo en mi garganta ¡Qué desgracia! ¡Detesto ser tan sensible!  Trago saliva y me acerco muy despacito, toco su muñeca tibia e instintivamente busco su pulso… Débil.  Lo observo con ojo médico, mal color y el monitor muestra parámetros poco alentadores.  Busco la papeleta, la alcanzo y leo la historia: Paciente de 48 años de edad, consulta por fiebre y dificultad respiratoria de 5 días de evolución… Bajo la mirada hasta los antecedentes importantes: Realizó visita domiciliar a paciente con COVID hace 15 días, ¡Lo sabía!, había seguido atendiendo a sus pacientes a pesar del riesgo que corría.

Cuando me avisaron, estaba en Recién Nacidos, en definitiva esto era algo inusual, caminaba por el largo y gélido pasillo del segundo nivel a las 3:00 de la mañana, sintiendo escalofríos que me erizaban la piel; solo el aire que respiraba era cálido gracias a la mascarilla.  Esto no es normal, me repetía, ¿Qué fregados querrá hablar conmigo a estas alturas de la madrugada? Seguro que no es nada bueno, pero qué podrá ser. Entré con paso firme a la salita de residentes, un cuarto amueblado con un comedor de 4 sillas, un pequeño refrigerador y un sillón que había servido a varias generaciones de estudiantes que caían desparramados sobre él, fatigados por las faenas del turno. 

Allí estaba, levantó la cabeza y me vio con cara de circunstancia, ¿qué pasó? Le dije, estas no son horas de machuque[1].  Se sonrió y con la cabeza me hizo una señal para que entrara, – ¿has escuchado la Danza macabra de Camille Saint-Saëns? 

– ¿Qué? ¡estás loco! ¡Son las 2:30 de la mañana! ¡Ay no! Ya te pusiste filosófico, ¿Tenés problemas con tu mujer? Me lanzó una mirada indescriptible que me hizo callar, luego respondí: Sí, la he escuchado, muy buena ¿por qué?

Es lo que se me ha venido a la mente cuando vi al Dr. Aguilar en el intensivo, está ventilado y su pronóstico es malo.  Sé cuánto lo aprecias y pensé que querrías ir a verlo. De pronto sentí que todo se volvía más oscuro, el aire más pesado y un toque eléctrico que empezó en el cuello recorrió todo mi cuerpo en un par de segundos.  Él notó mi reacción, se levantó y me abrazó muy fuerte, luego me dijo: Andá, tal vez no pase la noche, te conseguí permiso para entrar al área COVID, pero tendrá que ser con todas las precauciones.

Salí de la sala de residentes con la sensación de que mis pies no tocaban el piso, mi corazón galopaba y parecía querer salirse de mi pecho agitado, el oscuro pasillo que conecta la Pediatría con Adultos se me hizo eterno; yo no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar ¿Por qué él? ¿Por qué así?   El Dr. Aguilar era la persona más humana y carismática que había conocido, era un genio, eso no se discutía; cuando regresó de su postgrado llegó a revolucionar el área de Neurología y de paso a toda la Pediatría; todos hablaban del recién llegado y sus novedosas medidas.  Los más viejos eran escépticos y creían que era solo llamarada de tuzas, pero se equivocaron con él, ya llevaba 10 años y su fuego seguía ardiendo, y encendiendo los ideales de todos los que rotaban con él, nadie que lo conociera quedaba indiferente.  Además, era filántropo, viajaba al interior del país a dar consulta gratis y colaboraba con varias instituciones para

llevar ayuda a esos casos neurológicos de los que nadie se ocupaba.   Pensando esto, llegué al Intensivo.

 Y ahora, viéndolo aquí, a punto de morir, le pregunto ¿Valió la pena Maestro? Usted tenía una vida que muchos envidiarían: una hermosa familia, una consulta exitosa, solvencia económica, una buena reputación. ¿Tiene sentido perder la vida por ayudar a una sociedad que se desentiende de los que luchan por los demás? ¿Es justo? Respiro profundo y las lágrimas vuelven a fluir, ahora son gotas que caen sobre la bata,  siento rabia, quisiera gritar y decir que este hombre es un héroe, como muchos otros que murieron sirviendo al prójimo en esta pandemia.  Son inútiles los esfuerzos por salvarle la vida, ¡se está muriendo! sin que podamos hacer nada.  Dejo escapar mi impotencia y mi tristeza, estoy gimiendo y ahora las lágrimas bajan como torrentes por mis mejillas. 

Mi mente se sumerge en los recuerdos, cuando era estudiante pasé por su servicio y me adoptó, para mí él era como un padre profesional, aprendí mucho de medicina, pero su impronta la dejó en mi vida.  Con una personalidad avasallante, conseguía lo que se proponía, era conciliador y convincente; sus pacientes lo querían mucho y se negaban a que otro los tratara. Era muy práctico y vivía una vida coherente con sus valores, siempre creyó que sus conocimientos debían ser usados para el bienestar de otros.  Cierta vez tuvimos el caso de un niño que no paraba de convulsionar, llegó a visitarlo por las noches hasta que falleció y durante este tiempo fue preparando a los padres para el triste desenlace. Pues sí, había jurado por Apolo que velaría por la salud y el bienestar de sus pacientes y yo era testigo de que lo había cumplido a rajatabla.  

Tomo nuevamente su mano, ¡cómo desearía que apretara la mía como en las películas! Pero nada sucede.  Es hora de irme, pronto amanecerá y mis pacientes me necesitan, yo sé que me comprende porque lo aprendí de usted.  ¿Ha escuchado la Danza Macabra de Camille Saint-Saëns? ¡Recordar que todos vamos a morir! ahora lo tenemos muy claro con esta enfermedad.  ¡Adiós Dr. Aguilar! Como dice San Pablo, “Ha peleado la buena batalla, le está guardada la corona de justicia en el cielo.”   Por mi parte, me encargaré de que aquí en la tierra su historia sea conocida, su legado no puede perderse en el anonimato, porque debemos dar honor a quien honor merece.


[1] Machuque: en vocabulario hospitalario es la acción de evaluar al estudiante con preguntas sobre un tema de Medicina o sobre la enfermedad de su paciente.



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