DISCURSO A LOS GRADUANDOS Y SUS PADRES.

Estimados padres.

Queridas familias.

Muy amados jóvenes graduandos.

  Cada año vivimos este momento como un encuentro fuerte de sentimientos.  Por un lado, el gozo de un triunfo en la vida de nuestros chicos y el cierre exitoso de su paso por la escuela, y por otro decir adiós a una persona con la que hemos compartido días, semanas, meses y años en vivencias llenas de recuerdos y emociones que se vienen todas juntas a nuestro corazón en la medida que discurre este acto de graduación.

  Hoy la graduación es extraña, atípica como lo ha sido casi todo el curso escolar.  Ninguno de nosotros imaginaba la prueba a la que seríamos sometidos por la naturaleza y lo ajustes que deberíamos realizar en nuestra vida para salir adelante ante este reto que se presentó cuando apenas iniciábamos el ciclo escolar.  Pero no le llamemos atípico o extraño, llamémosle original porque así lo fue, un ciclo diferente y una tremenda oportunidad para mostrar nuestra versatilidad y capacidad de adaptación.

  La pandemia les retó, sin duda alguna, y además de eso desbarató todos los planes que se forjaron para hacer del cierre de su vida escolar un tiempo lleno de anécdotas divertidas, de celebraciones, de tiempos de compartir y reír juntos, con o sin razón, pero reír.  La pandemia les hizo pasar por un tiempo de prueba y saben: han salido exitosos.  

  Nos hacen sentir muy orgullosos porque no se dejaron vencer, porque se mostraron como personas llenas de energía, con sueños firmes y decididos que difícilmente pueden ser arrancados de su corazón.  Frente al reto, triunfaron.  Frente al reto, crecieron.  Frente al reto, maduraron.  Frente al reto, pusieron el punto final a su vida escolar y lo hicieron con elegancia, con gallardía, valientes, decididos, esforzados y sin perder, en ningún momento, esa preciosa sonrisa que siempre ha adornado sus radiantes rostros.

  ¿Cómo podemos definir todo esto en pocas palabras?  En sencillo decirlo, ustedes hacen palpitar de manera emocionada nuestro corazón.

  Algunos han sido nuestros compañeros de viaje desde la primaria, otros se fueron incorporando poco a poco a lo largo de los años; cada uno llegó en el momento preciso, cuando ustedes lo necesitaban y cuando nosotros les esperábamos, una combinación de situaciones que para algunos podrían sonar a casualidad, pero para nosotros eran parte de un proyecto con diseño eterno. 

   Su llegada a FAMORE fue siempre celebrada porque tenemos clara la conciencia de lo que ustedes representan, son bendición de Dios y muestra de su confianza en esta institución.  Nosotros, ante eso tan grande y la decisión de sus padres de inscribirles en este colegio no podíamos estar más que profundamente agradecidos y comprometidos de responder a ese mensaje eterno que cada uno de ustedes representa.

  Vinieron a un colegio fundado en cuatro principios que inspiran toda nuestra acción y del cual deriva la misión y compromiso institucional.

PRIMERO: educar es un privilegio.

  ¿Cómo no sentirnos privilegiados?   Tanto la institución como los profesores, reconocemos que haber participado en su vida es un don, es un regalo, es un privilegio para nosotros.  Así les recibimos y así les despedimos, agradecidos por la oportunidad que nos brindaron, agradecidos por habernos invitado al concierto maravilloso de su vida, agradecidos por la confianza que sus padres depositaron en nosotros. 

SEGUNDO: antes de educar se ama.

  Amamos lo que hacemos y nos hemos esforzado para que ustedes lo sepan, pero, fundamentalmente, para que lo sientan.  No es posible la educación humana plena sin el vínculo del amor sincero, cuando las palabras entran por el corazón, se graban con fuerza, se convierten en bloques de construcción, en peldaños que nos ayudan a subir más alto.

  Este principio fue claramente resumido en palabras de uno de nuestros exalumnos, Andrés Faillace Alejos, cuando se dirigió a todos afirmando de manera contundente: “este no es un colegio, es una familia” y dio origen a nuestro lema institucional, “MÁS QUE UN COLEGIO, UNA FAMILIA”.

  Lo dijo Overberg, educador de finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX: “ante todo buscad conciliar la estima, el amor y la confianza de vuestros alumnos”.   El amor es, en FAMORE, ingrediente fundamental del proceso educativo, no entendemos la educación sin ese sentimiento y la pasión que genera, sin la fuerza que imprime para la entrega por parte de toda la comunidad con el objetivo de lograr una meta común a todos, edificar personas nobles.

TERCERO: lo más importante es la persona.

  No es natural que una institución educativa se ocupe de muchas cosas, incluido su propio prestigio, sin ocuparse realmente de las personas y buscar tratar a cada uno acorde a esa condición que le hace única, irrepetible, exclusiva en el universo.  

  A veces resulta difícil anteponer a la persona, pero hay que hacerlo, es necesario hacerlo, aunque esto implique cambios, renuncias, mayores exigencias o lo que sea.  Nunca la persona puede ser relegada y estamos comprometidos con ello.

  La escuela necesita construir y trabajar en la pedagogía de la persona, como bien nos han recordado grandes teóricos de la educación centrada en este objetivo, Gesualdo Nosengo, Víctor García la Hoz y otros.  Cuando entendamos la importancia de la persona en la escuela, habremos dado un paso gigante en la formación humanista y científica, en ese propósito trabajamos todos los días poniendo esfuerzo y especial dedicación, enderezando el rumbo constantemente para no perder el enfoque de nuestro destino ante tanta presión materialista, ante tanta superficialidad y frivolidad que invaden el entorno educativo como que si fuesen mala hierba.   No es fácil educar, no es fácil educar centrados en la persona, pero los frutos son agradables, los frutos llenan de gozo, el gozo que siento al mirarles a cada uno de ustedes.

CUARTO: recibimos una autoridad delegada de los padres.

  Reconocemos en los padres los primeros educadores, nos sabemos continuadores del proyecto educativo en el cual ellos han trabajado y soñado, proyecto en el que continúan trabajando con todas las fuerzas de su corazón. 

  Sabemos que el derecho de la educación de los hijos es ineludible e irrenunciable, pero si delegable en cooperadores que pueden contribuir a completar los requisitos formales de ese proceso e impartir la instrucción propia que el sistema educativo demanda o aquellos con los cuales la persona debe estar dotada para convertirse en ciudadanos responsables, en constructores de paz y seres de esperanza que contribuyan con su actuar a transformar las estructuras de la sociedad y hacerlas justas para todos.

  Terminamos nuestra labor con ustedes, pero aquí estaremos siempre esperando sus alegres visitas, deseosos de saber de los pasos que dan, de sus triunfos, dispuestos a brindar apoyo o por lo menos un abrazo ante las dificultades o retos que pueden presentarse en los años venideros.  

  El gozo que hay en nuestro corazón por la labor realizada nos conduce, necesariamente, a levantar nuestros ojos al cielo para dar gracias a quien ha permitido todo esto: DIOS.  Su presencia y guía paternal ha sido palpable en todo este camino que han recorrido en esta escuela que se llama FAMORE.   Este colegio, consideramos, es proyecto de Dios, es su voluntad y lo sostiene, de otra forma no se explicaría todo lo que acá ocurre.   Para mi FAMORE es un pedacito del cielo, un lugar en donde los milagros de todo tipo, pero especialmente pedagógicos, ocurren cada día y lo vemos, lo constatamos y declaramos al ver el rostro de cada uno de ustedes, su sonrisa o sus lágrimas.

Gracias chicos por haber abierto las puertas de su corazón para nosotros.

Gracias queridos padres por la confianza que tuvieron en esta institución.

Termino este discurso con unas palabras de André en la presentación del proyecto personal de vida:

– Doc, poneme atención: “yo también te quiero”.

Chicos, los quiero, los queremos, de todo corazón.

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