THE GOOD DOCTOR, yo y un médico del “tercer” mundo.

He de aclarar que esa expresión “tercer mundo” no me gusta para nada. Mucho menos me gusta “países subdesarrollados”.

Estaba en el aeropuerto de Cancún esperando el vuelo que me traería de vuelta a Guatemala. Pienso que sería de los muy pocos pasajeros que esperaban en ese aeropuerto sin haber visitado alguna de las hermosas playas de Quintana Roo. Estuve en Cancún y no conocí nada de Cancún, ni sus alrededores.

Del aeropuerto a la estación de buses y luego a Mérida, de noche. Luego de la estación de buses al aeropuerto de madrugada, eso fue todo. Si, eso fue todo. No playas, no hoteles. Pero venía feliz del Congreso de Autismo en Mérida del 2017, no me hacía falta nada más, la satisfacción era muy grande. Tan grande como las costillas que me sirvieron en el restaurante del aeropuerto en donde desayuné, solamente a mi se me ocurre pedir costillas de cerdo en barbacoa para el desayuno. Eran inmensas y con una cantidad de papas fritas como para alimentar a un batallón. Tenía casi tres horas de espera por delante, así que las comí despacio, despacio hasta terminarlo casi todo. Mientras comía miraba en la televisión el primer capítulo de una serie llamada “The Good Doctor”.

No tuvieron qué decirme de qué se trataba aquello. El AUTISMO se lo reconocí desde la primera mirada. Eso capturó mi atención.
Luego el rótulo que se cae, el niño herido… Quería quitar de la escena al primer médico que le atendía. Luego vi Shaun Morphy (The Good Doctor) analizar la situación y comenzar a pensar en herramientas para construir un sello de agua (válvula de una vía). Para ese momento ya no estaba comiendo las costillas, estaba abstraído en la película que miraba.

¡Impresionante! Si, claro, era impresionante para el público general, pero yo lo miraba tan natural, tan del día a día, como lo miraría cualquier médico del “tercer mundo”. ¿Cuántos sellos de agua hicimos con lo que teníamos a mano? Restos de mangueras de sueño, esparadrapo, micropore, recipientes vacíos de suero (antes eran de vidrio), tapones de hule… Y los pusimos, resolvimos muchos neumotórax con esa medicina con herramientas de la edad de piedra, pero muy efectiva.
Y lo del derrame pericárdico, obvio. Era en lo que había qué pensar. ¡Ecocardiograma!, pues nosotros no teníamos, la pura clínica. ¡Qué hermosa es la medicina de hoy con tantas herramientas a mano!

La experiencia de atravesar el espacio intercostal, colocar el tubo hasta su posición correcta, ver cómo comenzaba a burbujear el agua del sello y cómo los signos vitales se recuperaban…

Me sentía tan identificado con Shaun. Sentía ganas de darle un abrazo. Era de los nuestros, de los médicos del puro campo de batalla.

Aprendí a poner sellos de agua de R1, es decir como residente de primer año. Claro, Shaun Murphy aún no era residente cuando lo hizo, ¡tremendo! Me enseñaron Silvia Rivas y Ricardo Mack, ambos son pediatras intensivistas en la actualidad. Silvia trabaja también cuidados paliativos y Ricardo es el jefe del intensivo pediátrico de la unidad de Cirugía Cardiovascular.
¿A ti, pediatra del “tercer mundo” quién te enseñó a poner sellos de agua?

He conocido a muchos Shaun Murphy, a muchos “Good Doctors” en esta vida y tuve la suerte de aprender de ellos.

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