MADRUGADA DE HOSPITAL.

Bajaba del área de recién nacidos para ir a la emergencia. Dos y media de la mañana. El frío calaba hasta el tuétano (médula de los huesos). Vestido de uniforme celeste, de tela ligera, muy agradable para el trabajo diario pero nada protector contra la temperatura que bajaba en las horas de la madrugada. La bata blanca parecía refrigerador, contribuía a esa sensación térmica congelante.

A esa hora ya no recordabas si habías comido o no. Todo estaba descontrolado en tu cuerpo. Los ciclos circadianos patas arriba, totalmente desajustados, la melatonina endógena por los suelos, a lo mejor tu cerebro con actividad lenta típica del sueño, algo racional a esa hora, entremezclada con actividad alfa de la vigilia.

Al fondo del pasillo oscuro del segundo piso de la pediatría del San Juan de Dios otra figura de la madrugada deambulaba pero en dirección contraria. Edwin Asturias, cubierto con una especie de poncho de Momostenango se dirigía hacia la sala cuna en donde el silencio de la noche parecía nunca llegar, siempre había algún niño llorando. ¡Había detectado un chiquito en fallo renal agudo! Se aprestaba a trasladarle al intensivo. Mente aguda en aquellas horas.

¡Vida de médico! Despierto cuando muchos duermen.
Pensando mientras otros descansan.
Salvando vidas cuando otros están metidos entre sus sábanas.
¡Bendita vida de médico! A pesar de todo, no la cambiaríamos por nada.

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