LOS LÍMITES. No coartan la libertad, dan seguridad.

Hace unos años necesitaba cruzar un puente, no tenía barandal a los lados. A pesar que el trayecto era corto aquella experiencia resultaba difícil de llevar. A cada lado del angosto puente miraba el pequeño barranco de piedra que servía de cauce para un río de aguas muy agitadas. Los segundos que me llevó atravesarlo se volvieron eternos y quedaron fuertemente grabados en mis recuerdos.

Un tiempo después volví al mismo lugar, al mismo puente, al mismo barranco y al mismo río… Pero el puente tenía un sencillo y frágil barandal a los lados. Si lo topaba no resistiría la fuerza del vehículo tipo jeep que conducía, sin embargo me ayudó a cruzar el puente con toda seguridad: tenía límites visuales, tenía una referencia que me indicaba el camino que debía seguir, los límites que se marcaban me dieron seguridad.

Los límites ayudan a los hijos a saber qué es lo que pueden hacer y qué es lo que no pueden hacer.   Su sentido no es limitar la libertad sino orientarles. Buena educación sin límites es algo imposible de lograr, un sistema de “libertad mal entendida” (es decir, libertinaje) produce hijos con grandes dificultades para funcionar adecuadamente dentro de las estructuras escolares y sociales en general.

Los límites no son una camisa de fuerza, una estructura rígida que ahoga, son señales amorosas que nos indican una senda segura (que puede ser más largo y tortuosas que otras, pero es segura).

La educadora María Rosas indica que un niño que no ha conocido límites dentro del ambiente de su hogar, con mucha dificultad aceptará los límites en otros ambientes; tarde o temprano se convertirá en una persona hostil, egoísta y agresiva, irrespetuosa.

Es injusto permitir que un niño se enfrente a las situaciones de cada día sin saber qué es lo que puede hacer y qué es lo que no puede hacer, se les traspasa una responsabilidad que puede exceder su capacidad natural de funcionamiento; los padres tenemos el deber de enseñarles a nuestros hijos a funcionar ya llegará el momento, después de una larga enseñanza, en que ellos estarán en capacidad de tomar sus opciones con plena libertad (libertad significa optar por el bien; cuanto más supremo es el bien por el que se opta, mayor es la libertad.   Hacer lo que yo quiero sencillamente porque quiero, sin tomar en consideración las consecuencias de mis actos y la bondad de los mismos, no es libertad, es libertinaje).

Primera característica: deben ser razonables.

Un punto importante a tomar en cuenta es que no funcionan en un niño los límites que en otro si lo hacen, esto quiere decir que debe tratarse a cada uno de ellos de manera individual.   Los límites deben ser indicados de acuerdo a la edad de desarrollo de los niños.

Segunda característica: constantes

Falta de consistencia implica demasiada flexibilidad.   Los límites no pueden funcionar de acuerdo a nuestro estado de ánimo, deben mantenerse independientemente de las circunstancias aunque algunas veces puede haber cierta flexibilidad dialogada previamente y explicada al niño con claridad indicándole las razones por las cuales se adopta en ese momento otro tipo de actitud y que esto no quiere decir que siempre será así.

Límites firmes y constantes dan seguridad, la falta de consistencia les confunde;  la constancia les permiten un adecuado funcionamiento familiar y social.     Teniendo límites claros y constantes un niño sabrá que sus padres son predecibles y les tomarán más en serio.

El padre debe exigir el respeto al límite indicado y la madre debe exigir el mismo respeto, la falta de acuerdo es formativamente desastrosa.

Tercera característica: claros

Explicados de manera apropiada, indicando lo que se puede y lo que no se puede hacer además de las consecuencias que traerá el no respeto al límite.

Afrontar las consecuencias ayuda a aprender que todos nuestros actos tienen una proyección en nosotros mismos,  en los demás y el mundo que nos rodea, debemos ser responsables de cada una de las cosas que hacemos y afrontar los resultados de nuestras acciones..

Algunos castigos son, en realidad, un serio problema para los padres y algo irrelevante para los hijos.

Cuarta características: los necesarios

Establecer un complicado sistema de normas resulta en el incumplimiento de la gran mayoría de ellas.   Las normas de funcionamiento en casa deben ser dos o tres, bien seleccionadas por ambos padres y de acuerdo a las necesidades de cada momento.   Cuando estas normas son mantenidas con consistencia y constancia los niños las terminan asimilando e incorporando a su repertorio de conductas, entonces puede ser cambiadas por otras que sean necesarias.

Las normas que se seleccionen deben orientarse al logro del mayor funcionamiento familiar y social, incluso es conveniente escuchar a otras personas (profesores principalmente) sobre qué aspectos deben ser reforzados en cada momento.

Clasificación de conductas

Una clasificación apropiada es en tres tipos:

Conductas tipo C: no son batallas para librar. Podemos orientar al respecto y dar algunas referencias. No vale la pena discutir sobre esto, ni enfrascarse en una batalla porque no tiene sentido. Tan solo se requiere observaciones sencillas en relación a lo que debe hacerse. Por ejemplo: a un niño le gusta estar descalzo, pero a sus padres esto les molesta. La pregunta es si eso le producirá algún daño, si eso le afecta. A lo mejor solamente tendríamos que pedirles que se quiten sus calcetines para no ensuciarlos y que en algún momento tendrán que limpiar sus pies.

Conductas B: Negociables. Ejemplo: no quiere hacer sus tareas en este momento, puede negociarse que las hará luego advirtiéndole de que puede perderse su programa favorito, que no le alcance el tiempo, etc.

Conductas A: no negociables, los padres y educadores no podemos transigir en ellas. Tienen límites muy claros y traspasarlos tiene sus consecuencias porque afectan la convivencia o la integridad personal propia o de otros. Estas se refieren a temas de salud, seguridad y educación. Las consecuencias de nuestras acciones siempre son educativas, formativas, si bien podemos ayudar a asumirlas y llevarlas, siempre deben enfrentarse. No es traumático hacerlo, es formativo.

Educar, formar, no es tarea fácil. Requiere de mucho sentido común, pero fundamentalmente requiere de amorosa consistencia.

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